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Este simple sistema es una bella demostración del orden emergente del azar. Las variables son pocas: un puñado de varas de madera de diferentes longitudes e igual número de motores
eléctricos más o menos idénticos.
Cada pieza de madera gira en una de dos direcciones, aproximándose a las otras piezas pero sin llegar a tocarlas. Se invita al espectador a alterar los patrones en reversa al accionar una palanca de control. Entonces comenzará una cascada en la que las piezas se golpean unas con otras y, en seguida, cambiarán de dirección, pero como remolinos dispersos sobre el agua, sus movimientos eventualmente volverán a sincronizarse.
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